miércoles, 11 de junio de 2014

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Castigados por Vulcano

Vivencias de una ciudad que se cuece a fuego lento

Banco Central. Es medio día, hora del almuerzo, y el encorbatado Roberto sale de su oficina, una burbuja agradablemente climatizada que le hace creer por un tiempo que no vive sobre el Ecuador. Su mente divaga entre índices que debe ajustar y la alegría de no tener que escuchar por un rato la estruendosa voz de su secretaria.

De golpe, al cruzar las puertas del edificio, Roberto se enfrenta con la realidad. La sensación que lo abruma le recuerda al momento en que, con descuido, levanta la tapa de la olla del mondongo que prepara su esposa y el vapor que despide le quema la cara, dejándolo ciego por unos instantes.

Roberto, acostumbrado a los frescos aires andinos que lo vieron nacer, ahora sufre más sofocones que una menopausica. Su mejor amigo es el cepilladero que le cuenta su vida todos los días. Hasta hace 5 años el hombre no sabía lo que era vivir pegado a un aire acondicionado. Este gocho nunca habría creído que terminaría viviendo dentro de una olla de caldo.

Urbanización La Trinidad. Es la 1:30 p. m. y Julieta, acostumbrada a cantar con candor todas las tardes, hoy no se siente muy bien. El gato de sus vecinos, quien no deja de acosarla todo el tiempo, es hoy la menor de sus preocupaciones. La pobre está recostada en una esquina, silenciosa, apaciguada, albergando la absurda esperanza de ser repatriada. Repentinamente, un fulgurante dolor que le atraviesa el pecho la deja instantáneamente sin oxígeno.  Julieta es una periquita australiana que dio su último aleteo encerrada en una jaula en el patio de una anciana, víctima de un clima tropical que nunca debió haber conocido.

Julieta y Roberto tienen una cosa en común. Ambos viven en Maracaibo, la urbe donde los termostatos marcan 48 ̊C, y las gotas de sudor de casi dos millones de personas se precipitan sobre el abrasador asfalto que las hace hervir a borbotones antes de evaporarse para siempre. en una atmósfera que parece castigada por el más fiero poder de Vulcano.

Por Estefanía Reyes


Albert Frangiéh: El retratista de almas

Beto Frangiéh está concentrado. Levanta el cuello de la chaqueta de mezclilla de su modelo, le acomoda hacia delante unos rizos y con dos dedos le hace levantar la barbilla. “Éstos detalles son importantes”, dice. Retrocede dos pasos, y se acerca el lente a su ojo izquierdo. El estudio está en silencio, como congelado en el tiempo; por unos instantes solo se escucha el clic de la cámara y como un eco, el chispazo del flash.
Desde el estudio de Frangiéh, rodeados de paredes blancas y trípodes por doquier, somos testigos la naturaleza detallista de su proceder. Este hombre, que hace parecer que la cámara colgada al cuello es una extensión más de su cuerpo, abandonó sus estudios de arquitectura para dedicarse a inmortalizar la realidad, lo bello y lo crudo, lo trivial y lo trascendente. 

Beto es un permanente buscador de los asuntos del alma, y todo lo que descubre lo traduce en estética. Sin embargo, es imposible desligar la obra de las vivencias de su creador, hacerla aséptica a sus propios sentires.

“Ser fotógrafo es un acto hermosamente personal y hermosamente íntimo. En la música estás muy cerca del instrumento, tienes que tocarlo, besarlo, soplarlo, acariciarlo. En la fotografía, también tienes una relación muy íntima con la cámara. Y la imagen, esa imagen te pertenece a ti, porque, al fin y al cabo estás componiendo, y el acto de componer es el acto de ordenar el caos: quitas y pones, pero sin tocar nada, solo te mueves, esperas...”. La arquitectura parece haber dejado su impronta justo ahí, en el arte de la composición, en su manera cuidadosa y estilística de encuadrar al mundo.

Al escucharlo, al verlo, comprendes que para entender la fotografía se requiere abrir la mente y despertar los sentidos; que hace falta entender el mundo del fotografiado y su psicología para poder vislumbrar en el producto final algo de su verdadera esencia; para hombre como él, el gozo del acto fotográfico está más allá de lo técnico y de lo racional.

Beto no siente vergüenza en aceptar que su trabajo refleja la influencia de Cecil Beaton, Edward Weston, Richard Avedon, William Coupon y otros tantos, de los cuales ha asumido ciertas cualidades hasta convertirlas en propias.

“Si fuiste a la playa a hacer la foto de un amanecer y regresaste, cometiste un error. Tienes que ir antes. Tienes que respirar el aire. Tienes que ver cómo cambian los colores. Tienes que ver cómo se separa la marea de la orilla. Porque si no tienes estados de contemplación difícilmente te conectarás con la fotografía”.


El lente de este fotógrafo no discrimina. Ha retratado tanto misses como caníbales (en referencia a la fotografía de Dorancel Vargas, mejor conocido como el “comegente”). Sus imágenes carecen de prejuicios y de pudor pues para mostrar las almas no importa sus formas, sino la honestidad con la que se realice.


Por Estefanía Reyes
Fotografía: Estefanía Reyes



Las plumas lloran

Las plumas de todo el mundo chorrean lágrimas de tinta por tu partida. Llenaste de realismo mágico las páginas de libros que se han convertido en obras vivas que no envejecen, que son inmortales, que nos dejan un poquito de ti. Nos hiciste recordar que el lugar de un reportero no era en la calma burocrática, sino la calle, cerca de la gente; que el periodismo es el mejor oficio del mundo y que cuando se hace bien hecho, es un forma de arte.

Por Estefanía Reyes

Un grito de Rabia y Orgullo

Dieciocho días después del atentado a las torres gemelas, Orianna Fallacci empuña la pluma y el papel y rompe el silencio para escribir “La Rabia y el Orgullo”, una obra que se convierte en un magistral monólogo calado de ímpetu y ferocidad. Es la defensa de la cultura occidental, el rechazo al fundamentalismo islámico y el ataque a los intelectuales de izquierda que propician un entendimiento con el Islam.
En sus palabras florece la nostalgia por su querida Florencia y se asoman con añoranza los recuerdos de su padre, militante del movimiento antifascista de los años 30 “Justicia y Libertad”, de quien hereda el espíritu crítico y guerrero.
Su lenguaje desafiante parece de una guerrera dispuesta a dar la cara en la primera línea de batalla. En el prólogo, afirma que se arrojó a la máquina de escribir “con el ímpetu de un soldado que sale de la trinchera y se lanza contra el enemigo”.
Cuenta las razones que la llevaron a abandonar Italia y poner el océano atlántico de por medio. Por primera vez, descubre ante sus lectores su alma desilusionada, ofendida y cubierta de heridas que desde la niñez no han terminado de sanar y que con cada nueva decepción se abren un poco más. Decide hablar porque “hay momentos en la vida cuando hablar es una obligación. Un deber civil, un desafío moral.”
Aunque es un libro lleno de verdades, no deja espacios para el diálogo, la comprensión, para el acercamiento de visiones diferentes y hasta opuestas sobre el mundo. Quizás sea porque no nació producto de una reflexión largamente razonada, sino como una catarsis en un momento embargado por la indignación y la pasión.

Casi puedes escuchar la voz de Orianna impregnada de decepción, incredulidad y enojo. Te perturba. Oriana no llora con lágrimas sino con palabras que fluyen a borbotones y que empapan de sentimientos cada página. Es un libro que te inquieta y te hace cuestionar hasta tus propios principios. Más que llamar a la reflexión es un grito desesperado, indignado, ante la pasividad del mundo occidental socavado por los musulmanes.
Por Estefanía Reyes