Beto Frangiéh está concentrado. Levanta el cuello de la chaqueta de mezclilla de su modelo, le acomoda hacia delante unos rizos y con dos dedos le hace levantar la barbilla. “Éstos detalles son importantes”, dice. Retrocede dos pasos, y se acerca el lente a su ojo izquierdo. El estudio está en silencio, como congelado en el tiempo; por unos instantes solo se escucha el clic de la cámara y como un eco, el chispazo del flash.
Desde el estudio de Frangiéh, rodeados de paredes blancas y trípodes por doquier, somos testigos la naturaleza detallista de su proceder. Este hombre, que hace parecer que la cámara colgada al cuello es una extensión más de su cuerpo, abandonó sus estudios de arquitectura para dedicarse a inmortalizar la realidad, lo bello y lo crudo, lo trivial y lo trascendente.
Beto es un permanente buscador de los asuntos del alma, y todo lo que descubre lo traduce en estética. Sin embargo, es imposible desligar la obra de las vivencias de su creador, hacerla aséptica a sus propios sentires.
“Ser fotógrafo es un acto hermosamente personal y hermosamente íntimo. En la música estás muy cerca del instrumento, tienes que tocarlo, besarlo, soplarlo, acariciarlo. En la fotografía, también tienes una relación muy íntima con la cámara. Y la imagen, esa imagen te pertenece a ti, porque, al fin y al cabo estás componiendo, y el acto de componer es el acto de ordenar el caos: quitas y pones, pero sin tocar nada, solo te mueves, esperas...”. La arquitectura parece haber dejado su impronta justo ahí, en el arte de la composición, en su manera cuidadosa y estilística de encuadrar al mundo.
Al escucharlo, al verlo, comprendes que para entender la fotografía se requiere abrir la mente y despertar los sentidos; que hace falta entender el mundo del fotografiado y su psicología para poder vislumbrar en el producto final algo de su verdadera esencia; para hombre como él, el gozo del acto fotográfico está más allá de lo técnico y de lo racional.
Beto no siente vergüenza en aceptar que su trabajo refleja la influencia de Cecil Beaton, Edward Weston, Richard Avedon, William Coupon y otros tantos, de los cuales ha asumido ciertas cualidades hasta convertirlas en propias.
“Si fuiste a la playa a hacer la foto de un amanecer y regresaste, cometiste un error. Tienes que ir antes. Tienes que respirar el aire. Tienes que ver cómo cambian los colores. Tienes que ver cómo se separa la marea de la orilla. Porque si no tienes estados de contemplación difícilmente te conectarás con la fotografía”.
El lente de este fotógrafo no discrimina. Ha retratado tanto misses como caníbales (en referencia a la fotografía de Dorancel Vargas, mejor conocido como el “comegente”). Sus imágenes carecen de prejuicios y de pudor pues para mostrar las almas no importa sus formas, sino la honestidad con la que se realice.
Por Estefanía Reyes
Fotografía: Estefanía Reyes
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